En Siempre es para nada, Shaneida emplea como motor de su búsqueda plástica un relato que escribe a partir de un duelo amoroso, un relato con su cuerpo “abierto y servido”, por tanto, las frases de dolor abundan.
Por esto mismo, en la exposición de su tesis, arma un ambiente que quiere semejarse a un espacio doméstico, a una sala comedor, habitada por un sin número de objetos intervenidos, grabados, “heridos” con texto e imagen. El resultado es sorprendente, y a la vez, algo confuso.
Por un lado, está claro el valor de tantos experimentos dentro de lo que podríamos llamar una gráfica expandida: grabado (herida) sobre vidrio (sobre espejos, sobre la pantalla de un televisor, sobre la superficie de un reloj de pared), sobre metal (un cuchillo de carnicería), en cerámica (un plato pintado y varios insectos extraños modelados y horneados), sobre cuero (un sillón “tatuado”), sobre tapete (con un esténcil “esprayado”), una grabación en audio (obviamente, una grabación es un grabado) que se escucha a través de un teléfono de pulso… y, por supuesto, grabados o impresiones sobre papel (una cenefa con cuatro motivos impresos mecánicamente en contacto transparente, y cuatro impresiones en xilografía, gigantes).
Esta instalación está llena de aciertos, desaciertos y ambigüedades. Las preguntas surgen: ¿Qué tienen que ver los insectos moldeados a mano con las xilografías?
¿Por qué hay obras seriales, imágenes que se repiten una y otra vez, al lado de “monotipos”? ¿Hay una jerarquía entre dichas imágenes?
¿Por qué habitan las impresiones en xilografía, junto a su matriz?
¿Por qué sólo una parte del sofá está “tatuado”? ¿Por qué con esos tatuajes y no otros?
Algunos muebles, de fundamental importancia, parecen estar fuera de lugar. Por ejemplo, la mesa del comedor, hecha con la plancha en madera, empleada como matriz de las xilografías, y sin sillas que la acompañen, semeja más, por su altura y limpieza, una camilla quirúrgica con un cuerpo diseccionado, socavado. Aunque, también parece un altar sacrificial, mórbido, oscuro, debido a su color negro.
Así mismo, la relación entre las imágenes y los textos dentro de ese ambiente, parece darse, únicamente, de manera caprichosa, o gracias al cuerpo de escritura llevado a cabo por la estudiante: un compendio de pensamientos y poemas atravesados por la ruptura amorosa. ¿Pero y si no se ha leído dicho texto?
En la sustentación, le compartimos a la estudiante algunas de las dudas ya mencionadas, pero no obtuvimos respuestas claras, directas.
Shaneida quiso exhibir los resultados de sus múltiples y notables experimentos gráficos (me encanta la idea de tatuar muebles de cuero, el texto rayado en la pantalla del televisor es genial, y la imagen de la xilografía es tremenda, tanto por su tema, como por su gesto, su estilo “medieval” y su escala), dentro de un ambiente que no alcanza a cuajar, que no es ni lo uno, ni lo otro. Quizás hubiese sido mejor, dejar dicho salón como un cubo blanco, y disponer de forma más o menos neutra, expositiva, cada pieza. O quizás, la solución pudo darse al exhibir menos objetos y ambientar con más cuidado dicho paisaje doméstico, o al vincular de alguna otra manera sus elementos (por ejemplo, exhibiendo solo xilografías y espejos e introduciendo, por pura ubicación, unas dentro de los otros).
Creo que lo importante es que, entre poemas, espejos, televisores, relojes, lámparas, teléfonos, tapetes, mesas y sillones, se llevó a cabo la curación de una herida. No hay mejor forma de llenar un vacío afectivo que trabajando, que creando, produciendo objetos y experimentando con soportes y técnicas.
De igual manera, queda claro, que Shaneida tiene una determinación, una ambición, una creatividad y una intuición notables. Sin embargo, es fundamental que sea capaz de detenerse, reflexionar, descartar, seleccionar y profundizar en su búsqueda plástica. Digamos que, Shaneida tiene que afilar más ese cuchillo, y ser mucho más precisa y fina en sus cortes.