La memoria no se me presenta como un registro fiel, sino como una imagen que se reescribe cada vez que vuelve. Recuerdo fragmentos, detalles que insisten, restos que se mezclan con historias que escuché tantas veces que terminaron volviéndose propias. San Andrés aparece entonces no sólo como un lugar, sino como una memoria que ya existía antes de mí, una presencia que persiste incluso cuando cambia la forma en que la miro.
La isla que recuerdo de chiquita empieza a tensarse con lo que veo ahora. Lo que antes no cuestionaba se vuelve más complejo: aparecen fisuras, realidades que siempre estuvieron pero no lograba nombrar. Mi memoria también cambia, y entiendo que recordar es transformar.
Desde ahí nacen mis ciudades de corales. Pienso en los corales como archivos vivos de la memoria, organismos que crecen capa por capa y en cuyos cuerpos se acumulan huellas del tiempo, del agua y de todo lo que los rodea. La barrera coralina que resguarda la isla permite que exista tal y como la conozco, regulando el ritmo del mar y, con él, el ritmo de la vida en ella.
Mis ciudades no son contenedores de memorias, sino estructuras que las mantienen en movimiento.