Topografía del poro aborda la piel como territorio de contacto, frontera viva entre lo interno y lo externo. Desde su materialidad, la obra reflexiona sobre la vulnerabilidad como una forma de paisaje: aquello que se quiebra, se inflama o se reseca revela una geografía íntima y cambiante.
Los recorridos sobre la superficie cutánea —entre vellos, costras y fisuras— trazan una topografía microscópica donde el cuerpo se confunde con el terreno. En cada relieve y cada grieta se insinúan paisajes que podrían pertenecer tanto a la piel como a la tierra, imágenes en las que lo anatómico y lo geológico se pliegan, haciendo visible la fragilidad compartida de ambas materias.